Capítulo 37

Bajé las escaleras sintiéndome un poco mareada, solo me había sentido así cuando estaba comenzando a curarme del virus que me atacó en vacaciones, era terrible volver a sentirme así. Mi padre seguía en el mismo lugar, sentado en el sofá viendo la televisión, cuando me vio frunció débilmente el ceño.

—Te veo pálida —dijo—, ¿te sientes bien?

—No, estoy algo mareada—aclaré mi garganta—. Papá, voy a hablar con un amigo aquí afuera de la casa un momento.

Sus ojos se entrecerraron un poco y se encogió de hombros.

—Bien, pero no quiero que te alejes de la puerta.

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