La mañana en Barcelona amaneció serena, casi ajena a la tormenta que se movía en otras ciudades. Pero Vittorino no confiaba en la serenidad.
Desde una sala privada de su oficina por video conferencia, sostuvo una reunión discreta con un antiguo contacto del ámbito corporativo en Barcelona. No era un guardaespaldas visible. No era un convoy. Era algo más fino.
—No quiero alarmarlas —dejó claro Vittorino—. Quiero prevención, no espectáculo.
El hombre asintió.
—Vigilancia perimetral del edificio.