Amanda caminó por la playa mientras Santi iba jugando con el pequeño perro de la posada. Ella iba con los ojos perdidos en un punto indeterminado. El eco de las olas y el zumbido lejano de los alcatraces la envolvían en una sensación de soledad que nunca antes había experimentado.
El contrapunto de la conversación en la posada seguía doliéndole en el pecho. Las palabras de Alejandra—sembrando dudas sobre ella y Vitto—se repetían en su mente como un disco rayado. Había salido de la Villa con la