LA BODA.
Estefanía.
Las ruedas del carruaje comenzaron a moverse; la mano de mi padre sobre mi hombro me recordó que todo era real. Sus ojos brillaban, pero los míos brillaban más por lo que dejaba atrás. Miré por la ventana, necesitaba que el viento rozara mi cara. El olor de mi abuela llegó a mí y la congoja en mi pecho se hizo más profunda. «Te amo…» —musité.
Su amor dejó en mí una herida abierta. Yo, vestida de novia, iba siendo llevada por la mano de mi padre hacia un destino que había acepta