EL CONDE DÓMINE DEJA BROTAR SU PASIÓN.
—¿Por qué tan asustada? —preguntó una voz a mis espaldas, lo que me exaltó y disipó la imagen—. No te asustes, soy yo, Arturo.
—¡Oh, Dios mío, me has asustado! —le dije con alivio al verlo, era la segunda vez que lo veía de día, aunque fuera uno muy oscuro…
—¿Y qué haces a estas horas por aquí? No se supone que una señorita decente como tú debería estar en la casa.
—Deseaba despejarme… necesitaba caminar —dije con tristeza.
—Entiendo —murmuró.
Por el susto no había detallado qu