El sol se rehusaba a desaparecer, como si la tierra misma comprendiera la magnitud de mi agonía y quisiera regalarme sus últimos rayos de oro. El cielo, de un azul tan profundo y vasto, me atraía con la fuerza de un imán; sentí un deseo punzante de flotar, de perder el peso de mi cuerpo y simplemente deshacerme entre las nubes.
Permanecía sentada en una piedra, sintiendo el frío de la roca calar en mi piel. Mika, con una lealtad que me conmovía, sostuvo a Rhea en sus brazos cuando la pequeña se