Gourus
El aire en la oficina todavía apestaba a tragedia y a la sangre que Gaia había dejado en el suelo. Yo estaba allí, con la mandíbula apretada y los puños cerrados, tratando de asimilar el desastre frente al Alfa Rhaegar. El silencio era asfixiante, interrumpido solo por la entrada estrepitosa de Mirla, que venía con el rostro desencajado.
—¡Gourus! ¡Se ha ido! —gritó con la voz rota— Gaia no está en su habitación. He buscado por todas partes y no encuentro a Mika ni a la pequeña Rhea..