Gaia
El silencio de mis poderes apagados fue roto por un rugido que no nació de la garganta, sino del alma. Rhaegar no pudo más. El instinto de protección de aquel hombre que me había ofrecido refugio y un nuevo comienzo pudo más que mi orden. Se lanzó al ataque, transformándose en el aire en una bestia imponente, una masa de pelaje y músculos que se interpuso entre el demonio y yo como un escudo de carne y lealtad.
Astharoth ni siquiera se inmutó. Lo miró con una calma que me dio náuseas,