Gaia
El silencio de mis poderes apagados fue roto por un rugido que no nació de la garganta, sino del alma. Rhaegar no pudo más. El instinto de protección de aquel hombre que me había ofrecido refugio y un nuevo comienzo pudo más que mi orden. Se lanzó al ataque, transformándose en el aire en una bestia imponente, una masa de pelaje y músculos que se interpuso entre el demonio y yo como un escudo de carne y lealtad.
Astharoth ni siquiera se inmutó. Lo miró con una calma que me dio náuseas, permitiendo que Rhaegar le lanzara dentelladas y zarpazos que solo cortaban el aire. El demonio estaba jugando, bailando alrededor de la desesperación del Alfa con una elegancia insultante, dejando que Rhaegar agotara sus últimas fuerzas en un esfuerzo inútil.
Pero la diversión de un demonio es breve y sangrienta.
En un parpadeo, Astharoth se plantó frente a la enorme bestia. Hubo un segundo de silencio absoluto donde sus ojos amatista brillaron con una maldad milenaria. Sin esfuerzo, con la