Gaia
El silencio que se formó entre los tres era insoportable. Conan dio un paso al frente y su sola presencia hizo que el aire se volviera pesado. Por la forma en que sus ojos echaban chispas y la rigidez de sus hombros, me di cuenta de inmediato: había escuchado todo. Había escuchado la confesión del Alfa de Freya, palabra por palabra.
—Parece que el Alfa de la manada Freya ha olvidado sus modales —soltó Conan con una voz cargada de una furia que intentaba contener, pero que se le escapaba en cada sílaba.
Se colocó justo a mi lado, casi rozándome, pero su mirada estaba clavada en el otro hombre. La rabia que emanaba de él era tan fuerte que me hizo dar un paso atrás. Me dolía que hubiera tenido que aparecer otro hombre y decir algo semejante para que Conan finalmente me prestara atención, pero ahora esa atención era aterradora.
—No creo que haya sido una falta de modales, Conan —respondió el Alfa de Freya, manteniendo una calma que solo lograba enfurecerlo más—. Simplemente h