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La habitación de Valentina olía diferente a las de los hombres. No había rastro de colonia cara o cuero o ese aroma indefinible de testosterona y ego. En su lugar, el aire llevaba lavanda y algo más sutil. Aceite de almendras. Pintura al agua. El perfume francés que Valentina usaba con moderación pero que dejaba huella en todo lo que tocaba.

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