El amanecer llegó con una luz pálida que no prometía nada bueno. Valentina había bajado a la cocina antes que nadie, movida por un instinto doméstico que creía haber enterrado junto con su matrimonio oficial. Pero allí estaba, cascando huevos en un tazón de cerámica mientras la cafetera italiana borboteaba sobre la estufa de gas.
Siete personas. Siete desayunos. Siete formas diferentes de fingir normalidad.
Cortó pan ciabatta con movimientos precisos. El cuchillo golpeaba la tabla con un ritmo h