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La casa tenía ese silencio particular de las cuatro de la madrugada, cuando el mundo parecía suspendido entre la noche y el amanecer. James Harrison despertó gradualmente, su cuerpo acostumbrado después de tres meses y medio al ritmo implacable de Leonardo. Pero algo era diferente. No había llanto. No había movimiento del otro lado de la cama donde Emma se levantaba mecánicamente cada tres horas.

Se incorporó ligeramente, entrecer

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