13. La Bratva recuerda
Vladimir la condujo por la carretera estrecha que rodeaba la isla, sin decirle a dónde iban. El sol caía con un tono dorado que hacía brillar el océano como si fuera una enorme lámina de cristal líquido. Alessia, desde el asiento del copiloto, mantenía las manos entrelazadas sobre sus piernas. Tenía curiosidad, pero también un ligero temblor en el estómago. Su esposo no era un hombre fácil de descifrar.
—¿Cuánto falta? —preguntó cuando el vehículo se internó en un camino de tierra rodeado de vegetación espesa.
—Menos de lo que crees —respondió él, y esa media sonrisa peligrosamente tranquila se dibujó en su rostro.
Tras varios minutos, el auto se detuvo. Vladimir salió primero y rodeó el vehículo para abrirle la puerta. Ella bajó, acomodándose las sandalias, y lo siguió entre árboles y helechos gigantes que parecían acariciarles los brazos al pasar. La humedad del aire envolvía todo, pero no era incómoda; más bien, tenía un aroma a tierra mojada y a flores silvestres que despertaba lo