12. Hoy te quiero solo para mí

El beso que Alessia le dio a Vladimir no fue un simple gesto de amor. Fue una declaración. Un recordatorio. Una advertencia silenciosa: “Aquí mando yo.”

Y Vladimir lo entendió sin que ella dijera una palabra.

Él la rodeó por la cintura, respondiendo al beso con un leve apretón firme, como si sellara un acuerdo invisible. Cuando se apartaron, Vicky fingía revisar unas frutas en la encimera, aunque la tensión en su mandíbula la delataba. El aire en la cocina se había vuelto espeso, casi eléctrico.

—El desayuno está listo —murmuró Vicky sin mirarlos—. Lo dejé servido en la terraza.

Vladimir no le dio importancia. Tomó la mano de Alessia y la llevó hacia el jardín, cruzando la mansión a paso tranquilo. Era su forma de mostrar que no tenía nada que ocultar. Pero Alessia no estaba tan segura.

La terraza daba a la playa privada que rodeaba la propiedad. La brisa del océano movía las cortinas blancas y el mantel largo. El desayuno estaba servído con una perfección digna de un hotel de cinco e
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