Sael me encontró en el mirador.
No porque lo hubiera buscado — había subido con el diario de mi padre y la intención de leer dos horas sin que nadie necesitara nada de mí.
Pero el mirador, a media tarde, tiene el tipo de luz que hace difícil ignorar que estás en un lugar que alguien más también suele usar.
Se sentó en la piedra de lado, a metro y medio de distancia, sin pedir permiso y sin ocupar más espacio del necesario.
Lo miré.
—El diario —dijo, señalando el cuaderno de cuero sin pregunta e