Cuando Asher llegó, no tuve que fingir una sonrisa. No tuve que pretender que era feliz, porque realmente lo era. Lo había extrañado. Profundamente. Desesperadamente. Los sentimientos que me recorrían eran crudos y reales.
Me había quedado esperando abajo después de que mi madre salió de mi habitación, demasiado inquieta para quedarme quieta. Y en el momento en que su auto entró en el camino del porche, no dudé. Abrí la puerta principal de par en par y corrí hacia él. Él salió justo a tiempo pa