La habitación quedó en silencio. Entonces mi madre lo rompió, con voz más suave ahora, pero todavía aguda.
—Ariella, sé razonable por una vez. Estoy haciendo esto por ti. Por tu papá. Por mí también, sí… pero también por todo el linaje Costa. ¿Acaso no te contamos todo? Te lo explicamos detalladamente. ¿Por qué eres tan terca?
La miré, aturdida.
—¿Yo soy la terca? ¿Después de todo lo que acabas de decir? —mi voz temblaba, no de debilidad, sino de rabia—. Pensé que amabas a papá. Pero ahora r