Ariella
Eso fue todo. La tensión dentro de mí se fracturó solo un poco. Aparté la mirada, exhalando despacio.
—No me gusta no saber las cosas —admití en voz baja.
Su pulgar acarició mi mejilla.
—Lo sé.
—Y no me gusta sentir que... hay algo que debí haber sabido y no fue así.
—No hay nada —dijo él con firmeza.
Volví a mirarlo.
—Entonces no me ocultes cosas.
Pasó un instante.
—No lo hago.
—Eso no sonó muy convincente.
—Es la verdad, cara mia.
Nos quedamos allí por un momento, simpleme