Me dirigí hacia la cocina. María estaba allí, y en el instante en que entré, se volvió hacia mí.
—¿Ya está aquí? —preguntó.
—Sí, ya llegó.
—Así que te vas, ¿eh?
—Sí —dije en voz baja—. Pero ¿por qué no vienes con nosotros?
—No —sacudió la cabeza—. Creo que ustedes tres necesitan este momento. Solo ustedes tres. Y no sé si me van a necesitar más. Yo era algo así como tu perro guardián, y ahora no creo que me necesites.
—Pero no eres solo mi perro guardián, María —se me quebró un poco la voz