La habitación quedó en un silencio sepulcral.
Nadie se movía. Nadie hablaba.
Fue como si el tiempo se hubiera detenido otra vez, pero en esta ocasión no era por miedo o caos; era por tensión. El tipo de tensión que amenaza con arrancarte la vida por asfixia. Todos parecían estar sopesando su siguiente movimiento, su siguiente palabra, su siguiente respiro.
Pero Alan, maltrecho y ensangrentado, no iba a dar marcha atrás.
—¿Quién carajo eres tú? —repitió, mirando fijamente a Luca—. Quiero sabe