—¡Mierda! —maldijo María entre dientes.
Nuestras miradas se cruzaron, con el pánico reflejado en los rostros de ambas. No necesitábamos decir nada. Las dos lo sabíamos. Luca estaba aquí. Alan estaba abajo. Ambos enfurecidos. Ambos protectores. ¿Y si terminaban cara a cara? Eso sería un desastre. No… una carnicería.
—Ese es el enamoradito de al lado, ¿verdad? —preguntó Luca, con una voz que era un arrastre venenoso, ese mismo tono perturbador y arraigado hasta los huesos que me helaba la sangre