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Dejé que el niño muriera.

Las palabras resonaron en mi mente mientras sostenía el cuerpo pequeño e inmóvil contra mi pecho. Thomas había cerrado los ojos apenas unos minutos antes, después de susurrar que prefería la libertad a la salvación divina. Sus labios habían perdido el color rosado, y su respiración se había desvanecido como un suspiro final que llevaba consigo toda la inocencia del mundo.

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