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El despertar llegó con el amanecer, pero no fue la suave caricia de la luz matutina lo que me arrancó del sueño. Fue el fuego. Literalmente.

Mis ojos se abrieron de golpe cuando las llamas doradas comenzaron a brotar de mi piel como flores de luz pura. No quemaban. Al contrario, se sentían como el abrazo más cálido que había experimentado jamás. Mi cuerpo entero pulsaba con una energía completamente diferente a todo lo que

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