91. Sanando heridas
Una tercera copa fue servida con diligencia frente a ella y odiaba que se acumularan en la mesa sin sentido, porque no quería beber esa noche. Mientras tanto, su amigo, George, bailaba y le sonreía a Andrea o la miraba a ella con reproche de vez en cuando.
Casandra le pidió a la chica que se detuviera y que cerrara la botella, así que recibió un asentimiento de cabeza y volvió a colocarse a sus espaldas.
Quería regresar a casa y hundirse una vez más en su bien conocido agujero de autocompasión,