90. Ogro
Fabio escuchó pasos de botas tras él y se dio la vuelta, en guardia, por si sobrevenía un ataque. Sin embargo, el hombre que salió detrás de una cortina blanca envejecida, lo miró sin inmutarse. Las paredes a sus espaldas estaban sin pintar, con el color característico del cemento.
—A ella no le gusta que la vean.
—¿Por qué mantienen este sitio tan oscuro? Descorran las cortinas para que entre un poco de aire.
No terminó de dar la orden cuando él mismo se acercó a uno de los grandes ventanales