82. El recuento de los daños
Casandra no supo cuánto tiempo más pasó entre los brazos de ambos, gimiendo, gritando, exclamando groserías y riendo. Solo se enteró de que ya era de mañana por el aroma a café cerca de la nariz. Abrió los ojos, sorprendida por no tener un dolor de cabeza intenso, y se irguió sobre la cama, encontrando a media penumbra la habitación ordenada, como si allí no hubiese ocurrido nada.
—Buen día, oficial Herrera, ¿despertó convertida en la bella durmiente? Son las nueve y cuarto —dijo Josh, mientras