Duncan, aún inclinado sobre Elara, temblando ligeramente por la burla de Keith sobre la galleta, enderezó su postura. La farsa de los trajes ya no era suficiente para protegerlo. El silencio se había vuelto una carga demasiado pesada, y la presencia insolente de su hermano lo estaba asfixiando. Keith seguía recostado en el sofá, bebiendo su té con una calma que parecía diseñada para provocar. La luz de la tarde, antes apenas atrevida, ahora pintaba la habitación de un color ocre pesado, envolvi