Keith salió del salon de juegos con un paso ligero y elástico, la burla aún resonando en su interior. No se sentía simplemente satisfecho; se sentía como un maestro ajedrecista que acababa de mover una pieza clave, disfrutando de la previsible reacción de su oponente. La satisfacción de haber desarmado a Caroline sin siquiera tocarla plenamente era intoxicante: había dejado una semilla de deseo y frustración que crecería con el tiempo, el verdadero arte del control.
Se deslizó por los vastos y