El aire, denso y tranquilo, olía a papel viejo, cera de abeja y un toque terroso de un fuego lejano que ardía en alguna chimenea. Pero dentro de ese lugar, Elara sentía que el suelo se abría bajo sus pies, un vacío invisible que parecía querer tragársela entera. Duncan la tenía entre sus brazos, acercándola suavemente a la sombra de una estantería alta, donde los lomos de los libros de historia familiar parecían observarlos. La besaba con una ternura firme, un beso que no dejaba dudas sobre lo