Elara estaba al borde del abismo, con la respiración entrecortada y la mente atrapada en un torbellino de miedo y deseo ardiente. Se aferró a Duncan, sin saber si lo abrazaba a él o a la realidad que él representaba. En ese momento, una voz monótona y el chirrido de un carrito de limpieza rompieron la burbuja de la biblioteca.
—Perdón, Señor Duncan. Solo venía a ver si necesitaban algo o si ya podía limpiar esta sección antes de que oscurezca del todo —dijo la señora Wallace, la empleada de lim