Elara miró a su alrededor, inquieta. La biblioteca estaba en silencio, demasiado silencio. Keith y Caroline ya no estaban.
—¿Dónde se metieron? —preguntó, girándose hacia Duncan.
Él frunció el ceño, escaneando la sala con la mirada.
—No los vi salir. ¿Quizá fueron al jardín?
—No creo. Caroline no se iría sin decir nada. Y Keith… —Elara apretó los labios— no suele desaparecer sin motivo.
Buscaron entre los pasillos de estanterías, llamaron sus nombres en voz baja, pero no hubo respuesta. Solo el