La biblioteca se mantenía en silencio, como si los libros escucharan. Keith hojeaba el volumen familiar con la precisión de quien conoce cada página, mientras Duncan seguía absorto en la vitrina de primeras ediciones, sus dedos rozando el cristal como si quisiera tocar el pasado.
Caroline se había acercado a Elara con una sonrisa suave, casi cómplice.
—¿Y tú? —preguntó en voz baja—. ¿Conoces bien a Keith?
Elara se tensó. La pregunta era simple, pero el peso que traía no lo era.
—No much