Duncan se rio suavemente, un sonido melancólico que rompió el silencio de la biblioteca. Había estado tecleando notas en su laptop, pero la pregunta de Elara sobre su infancia lo había sacado por completo del manuscrito de Holloway. Cerró la tapa de la computadora, apoyándose en el respaldo del sofá de cuero, mirando la chimenea como si las llamas contuvieran imágenes de su pasado.
—¿Keith? —comenzó Duncan, su tono lleno de una nostalgia dulce y dolorosa—. Cuando éramos niños, la relación... er