Grace, aún radiante por la aprobación de Keith a su ideal romántico, se inclinó para recoger una servilleta de lino que había caído al césped, dándole la espalda a ambos momentáneamente. Elara sintió el aliento frío del páramo y el terror helado de Keith susurrar apenas sobre el murmullo del arroyo. Él no movió un músculo, pero su presencia silenciosa era una orden.
—No tienes que preocuparte por el vestido, futura cuñada —dijo Keith en voz alta, dirigiéndose a Grace, pero clavando sus ojos osc