Grace suspiró profundamente, el sonido contrastando con el silbido del viento que comenzaba a cortar. Se apresuró a recoger los últimos restos del picnic, doblando con esmero el mantel a cuadros y cerrando la pesada cesta de mimbre con un chasquido que sonó definitivo en la quietud de las Tierras Altas. El sol de mediodía había sido completamente reemplazado. El cielo ya no era azul, sino un lienzo de grises densos que se movían con una velocidad alarmante, engullendo las cimas más altas de las