Su cuerpo se tensó y el pánico le oprimió el pecho. Eran los pasos de un hombre y tan solo pensar que podía ser Keith hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.
Se levantó rápidamente, con los ojos bien abiertos. La oscuridad del callejón era una desventaja que ella misma se había impuesto al refugiarse en un lugar tan solitario sin decírselo a nadie. El sonido de los pasos se hacía más fuerte, más cercano, así que Elara se pegó a la pared, sintiendo la textura áspera de la piedra contra