—Debes estar jodiendo —entona el morocho apretando su frente contra la de ella—. No puede estar pasando esto —sigue hablando cuando escucha que el timbre vuelve a sonar.
—Es mi hermana —le hace saber ella.
—Que se vaya, no atiendas. Terminemos esta conversación, por favor —suelta todo sin separarse de ella, ni abrir ojos.
—Sino atiendo va a entrar —Los ojos del morocho se abren con rapidez para mirarla.
—¿No soy el único que entra como un ladrón?
—Ella tiene un juego de llaves —responde.
—¿Por