Kiribati también oyó todo, pero su corazón ya no encontraba consuelo. Mientras los demás asentían y se dispersaban, ella fingió una sonrisa antes de alejarse. Caminó sin rumbo hasta que la música del festival se perdió entre los árboles.
El bosque la recibió con su calma húmeda, el murmullo del río sonando cerca. Se sentó sobre una piedra y miró el reflejo de la luna en el agua. Las luces temblaban sobre la superficie, igual que su ánimo.
Kiribati se preguntó si aún pertenecía a ese lugar.
Detrás de ella, Quimer la seguía en silencio. Quería disculparse, pero no encontraba el valor. Había dicho cosas que no sentía, cegado por el orgullo y la confusión que le provocaba verla así, tan frágil y herida.
Cuando la vio desviarse hacia el río, comprendió que algo no estaba bien. Su paso se volvió más cauteloso, y el aire, de pronto, cambió. Frente a la joven hada, el agua comenzó a agitarse con un brillo oscuro, y una figura emergió entre las ondas; una sirena de cabellos como sombras y ojos