Mariana había terminado su entrenamiento del día, agotada pero feliz por los avances. Había prometido reunirse con sus hermanas para contemplar juntas la puesta de sol, como solían hacerlo desde pequeñas, cuando todo era más simple y los deberes del clan no pesaban tanto.
Josefa, la menor, jugueteaba con una flor mientras esperaban. Sus mejillas tenían ese rubor inquieto que Mariana reconoció al instante —Hermana… — Dijo al fin, casi en un susurro— ¿Crees que si me le declaro a Humo me acepte c