Esa noche, cuando regresaron a su habitación, Anfu cerró la puerta y la atrajo hacia él, besándola con una pasión contenida durante años —Te amo — Murmuró contra sus labios.
—Yo también — Respondió ella, con una dulzura que hacía mucho no dejaba escapar.
Él sonrió —No tienes por qué estar celosa. Soy tuyo —
Siria arqueó una ceja, traviesa —¿Quién dijo que estaba celosa de usted? —
—Solo lo dije… — Replicó, intentando evitar otra discusión.
Pero ella lo miró con atención. Aunque la besaba con in