Entre el suave aroma de las flores y el silencio de su mansión, el cansancio fue venciendo a Andy. Se recostó en su sofá, y sin darse cuenta, sus párpados se cerraron mientras la brisa nocturna acariciaba el jardín.
Un murmullo profundo comenzó a resonar dentro de su mente, tan antiguo como la misma magia. La luz que rodeaba el lugar se tornó dorada y, en medio de ella, apareció la figura imponente de un hechicero de túnicas blancas y ojos que parecían contener siglos de sabiduría.
Era Koran, el patriarca de los hechiceros.
—Mi niño — Su voz retumbó con suavidad, aunque cargada de poder— Tu corazón está en turbulencia. Pero escucha bien… no te he dicho que no te daré un hijo —
Andy lo miró sorprendido, apenas creyendo lo que oía —¿Me lo dices en serio, patriarca?—
—Sí — Respondió Koran, con una calma que lo atravesó por completo— Pero debes concentrarte —
Andy asintió, aunque la duda seguía brillando en sus ojos —Patriarca, ¿Has escuchado lo que dijo John? —
—Sí — Confirmó el anciano—