—Adivina qué — Le dijo mientras la alzaba fácilmente entre sus brazos — Desde hace unos días eres mi esposa, y nos veremos todos los días de nuestra vida —
Ella hizo un puchero, pero no lo negó.
El baño se llenó de vapor y risas apagadas. Entre caricias y murmullos, se dejaron envolver por el agua y por esa energía tan propia de los duendes, cálida y vibrante. Más tarde, Gusto la llevó al vestidor.
Mariana observó los vestidos colgados con asombro; telas ligeras, brillos, cortes atrevidos.
—¿De