Justo no dijo nada; cayó de rodillas a su lado y, con la urgencia de quien teme perderlo todo, colocó una mano sobre su vientre. Canalizó su magia buscando rastros de oscuridad, alguna piedra negra, algún rastro de mal. Pero no encontró nada.
Nada… salvo la fragilidad de su esposa y el peso del arrepentimiento que ya comenzaba a crecerle en el pecho.
Al ver a Ninf encogida, le tomó la mano con desesperación —Mi vida… ¿Qué tienes? —Preguntó con la voz quebrada, tocando su vientre.
Pero apenas sus