Justo no dijo nada; cayó de rodillas a su lado y, con la urgencia de quien teme perderlo todo, colocó una mano sobre su vientre. Canalizó su magia buscando rastros de oscuridad, alguna piedra negra, algún rastro de mal. Pero no encontró nada.
Nada… salvo la fragilidad de su esposa y el peso del arrepentimiento que ya comenzaba a crecerle en el pecho.
Al ver a Ninf encogida, le tomó la mano con desesperación —Mi vida… ¿Qué tienes? —Preguntó con la voz quebrada, tocando su vientre.
Pero apenas sus dedos rozaron su piel, una fuerza invisible lo lanzó con violencia contra la pared. El estruendo sacudió la habitación y Wesly se volvió con el corazón en la garganta.
—¡Justo! — Exclamó, corriendo hacia él para ayudarlo a ponerse en pie.
El ninfo se incorporó tambaleante, con la mirada fija en su esposa. Ninf respiraba con dificultad, la luz de su cuerpo parpadeaba como si su energía estuviera descontrolada.
—Mi vida, háblame — Insistió Justo, acercándose de nuevo con cautela— Dime qué te suc