—¡No mames! ¿Se puede saber qué carajos te pasó en la cara? —pegó el grito Viona en cuanto vio a Hans cruzar la puerta de su departamento.
—¡No estés chingando con tantas preguntas! ¡Mejor muévete por el botiquín y ayúdame a curarme esto de una buena vez! —le ordenó Hans, dejándose caer en el sofá con un humor de perros.
Viona no chistó; agarró de inmediato todo lo que Hans necesitaba y voló de regreso a la sala. Traía consigo el bofetón de primeros auxilios y una buena bolsa con hielos para ba