ALEXANDER HAMPTON
La bajada en autobús desde Machu Picchu hasta el pueblo de Aguas Calientes se hizo en un silencio respetuoso. Mi mano no soltó la de Lizzy ni por un segundo.
Me sentía ligero. El agotamiento del camino, el dolor muscular, la falta de aire... todo parecía haberse quedado allá arriba, quemado por el sol y llevado por el viento durante la ceremonia. Me sentía purificado.
Pero, a medida que el autobús bajaba las curvas en zigzag y la altitud disminuía, una nueva sensación com