ALEXANDER HAMPTON
—¿Qué deseas tener de mí, señor Hampton? —susurró, y el tono de su voz hizo que mi sangre bajara de la cabeza directo al centro de mi cuerpo.
No respondí con palabras. Mis dedos fueron hacia los botones que aún estaban cerrados en la camisa negra que ella llevaba. El tejido cedió con facilidad. Uno a uno, desabotoné la barrera que me impedía ver la obra de arte que sabía que estaba escondida debajo.
Abrí la camisa.
El aire escapó de mis pulmones. Era devastador. Su piel, pálid