ELIZABETH WINTER
El silencio que cayó sobre la oficina de Damian fue absurdamente incómodo. Parecía que el aire acondicionado se había detenido, que el tráfico de afuera había cesado, y que lo único que existía en el universo éramos nosotros dos, mirándonos el uno al otro.
Podía ver los engranajes del cerebro de Damian girando. Parpadeaba, procesando la información, intentando encajar las piezas.
Parpadeó una última vez y, con la lentitud de un hombre de noventa años, se sentó en la silla.
Hice