DAMIAN WINTER
Entré en casa temprano, todavía con la sensación cálida de la noche anterior pegada a la piel. Me duché, me puse ropa limpia y me dirigí al cuarto de Danian. Abrí la puerta despacio y encontré a mi hijo sentado en la cama, con los ojos todavía somnolientos y el cuerpo pequeño encogido entre los cojines.
—Buenos días, campeón —murmuré, sentándome a su lado—. ¿Dormiste bien?
Él gruñó algo que parecía un sí, pero no parecía del todo convencido.
—¿Vas a trabajar temprano hoy?
Negué co