DAMIAN WINTER
La madrugada parecía no tener fin. El edificio de Winter Enterprises estaba sumido en un silencio absoluto, salvo por las salas iluminadas del piso 24, donde mi equipo se repartía entre ordenadores, pilas de documentos y pantallas que parpadeaban en rojo cada minuto. El aire acondicionado ya no conseguía disimular el olor a café recalentado y los ojos de todos estaban exhaustos, pero nadie se atrevía a parar.
Yo tampoco.
— Revisen los balances de 2021 una vez más —ordené con voz f