DAMIAN WINTER
El silencio entre Sophie y yo era tan denso que hasta el pitido del monitor cardíaco parecía haberse ralentizado.
Ella parpadeó rápido, la boca se le abrió en una “o” de sorpresa que me pareció demasiado fingida para ser real.
—¿Qué? —arqueó las cejas, como si acabara de acusarla de un crimen imposible.
—No te hagas la idiota. Eso es un insulto a mi inteligencia.
En lugar de admitirlo, forzó una risa seca.
—¿Te has vuelto loco? ¿Yo? ¿Por qué haría algo así contra la empresa que va